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Los vídeos y fotografías de Sam Taylor-Wood se distinguen por un uso irónico y subversivo -pero también muy emocionante- de los media, así como de personajes vinculados a al mundo del espectáculo como actores, cantantes o artistas, que a veces, como en esta serie se convierten en protagonistas incidentales. Todos estos trabajos destacan por albergar una tensión narrativa casi cinemática, aunque sus vídeos nunca siguen la lógica narrativa del cine comercial y se mueven en un territorio ambiguo y enigmático. Tanto en sus videos como en sus elaboradas fotografías Taylor-Wood trabaja con momentos congelados que sirven para indagar en torno a las relaciones humanas e investigar sobre los límites físicos, psicológicos y emocionales propios y ajenos. El resultado de todo ello son imágenes de hermosa composición formal –citando en muchos casos obras famosas de la historia de la pintura- y extraordinaria tensión narrativa, en las que las emociones se encuentran a flor de piel. Esto sucede de un modo literal en la serie de fotografías Crying Men (2004): 27 retratos fotográficos de actores masculinos de fama internacional a los que aisló y sometió a la prueba de llorar de un modo sincero ante su cámara. Al obligar a personajes habituales del cine de Hollywood como Laurence Fishburne, Sean Penn, Dustin Hoffman, Paul Newman, Willen Dafoe o Robert Downey Jr, a despojarse de la máscara de actor y sacar fuera sus emociones más intimas, sitúa al espectador ante el dilema de la veracidad y la ficción en el territorio del arte, ¿lloran de verdad o están actuando?, ¿Estamos en el territorio de la realidad o en el de la representación?. Estas imágenes tiene como contrapunto su último vídeo Prelude (2006) que muestra a un violonchelista interpretando una emotiva pieza de Bach. El espectador sigue en el plano fijo del vídeo los movimientos, gestos y emocionantes ademanes del intérprete, pero el instrumento ha sido borrado digitalmente de la imagen lo que nos provoca un profundo desasosiego pues ya no sabemos si el ¿músico? toca de verdad o estamos ante una esmerada ficción mímica que llevaría dicha “actuación” al territorio de la performance otra vez los límites entre “realidad” y “representación”, “arte” y “vida” se difuminan y entremezclan… |
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