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La fotografía fue un elemento fundamental en la vida de Frida Kahlo (Coyoacán, Ciudad de México, 1907-1954), especialmente en sus años de formación. Nieta e hija de fotógrafos, Frida aprendió de niña a posar, convirtiéndose precozmente en una modelo consumada. Consciente del poder de sugestión del medio fotográfico, lo utilizó para definir su imagen pública y fraguar su propia leyenda. Por la vida de Frida Kahlo pasaron un sinfín de fotógrafos, atraídos tanto por la artista como por el personaje. La colección de 53 retratos realizados entre 1909 y 1954 bajo el título “Frida Kahlo. La gran ocultadora”, es de hecho un autentico catálogo de fotografía del siglo XX; están representados Edward Weston, Manuel Álvarez Bravo, Martin Munkacsi, Gisele Freund, Bernard Silberstein, Imagen Cunningham, Fritz Henle y Nicolás Muray, entre otros. Los más allegados, supieron captar a Frida en la intimidad de su hogar y desprovista de máscaras, siendo estos los retratos más originales, precisamente por su sencillez. Sin embargo, nunca resulta fácil discernir donde termina la mujer y empieza la actitud. Estos 53 retratos, procedentes de la colección Throckmorton, tejen un hilo narrativo que abarca toda la vida de la artista mexicana, desde su niñez hasta el lecho de muerte. En este recorrido vital, lleno de experiencias de dramática intensidad, pero también marcado por un idealismo sin límites, fue probablemente la relación con Diego Rivera la que en gran medida favoreció el cruce de caminos entre Frida Kahlo y multitud de artistas, intelectuales y fotógrafos que nutrirían su existencia, dotándola del cosmopolitismo latente en este legado gráfico. |
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